"Que el Señor los lleve a amar como Dios ama, y a perseverar como Cristo perseverò".
(2ª Tesalonicenses 3:5).
Es muy común que nosotros en busca de la santidad, de la perfección espiritual, de buscar agradar a Dios y a los hombres, luchemos con todas nuestras fuerzas, y, metamos, como se dice en los medios espirituales, nuestra mano de carne para tratar de darle una ayuda a Dios en nuestra caminata.
Si tan sòlo entendiéramos que no somos nosotros los que nos cambiaremos a nosotros mismos, sino que es èl. ¿Y còmo lo hace? Por medio de los tratos que nos da con los acontecimientos que permite en nuestra vida, es èl, quien permite las limitaciones; es èl, quien permite las humillaciones; es èl quien permite las decepciones; es èl, quien permite las traiciones; y finalmente es èl quien nos doblega a aceptar todos esos tratos, después de los cuales salimos ya transformados sin darnos cuenta.
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