"Cada corazón conoce sus propias amarguras, y ningún extraño comparte su alegría".
(Proverbios 14:10).
Jeremías, llamado el profeta lloròn, pues se mantuvo triste toda su vida debido a que conoció la consecuencia del pecado de su pueblo, ya que Dios le diò varias revelaciones. Le revelò por ejemplo, primeramente la doctrina de la "predestinación", vea Jeremías 1:5 "Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones". Luego le revelò la profecía de un Nuevo Pacto, vea Jeremías 31:31 "Vienen días, afirma el Señor, en que harè un nuevo pacto con el pueblo de Israel y con la tribu de Judà". Cristo es ese Nuevo Pacto, pues Isaías 42:1 y 6 lo dicen claramente "Este es mi siervo... Yo lo formè como Pacto a mi pueblo y como luz a las naciones". Hebreos 8:13 dice lo siguiente: "Al llamar Nuevo a èste pacto, ha declarado obsoleto al anterior". Y ahora, a la luz de la historia, vemos que ese nuevo pacto es Cristo, y que Dios cumplió su palabra.
Pues bien, Jeremías también recibió otra revelación, y es que, "Nada hay tan engañoso como el corazón humano" (ver Jeremías 17:6). Por ello, es que las alegrìas y las amarguras de una persona no las entiende nadie, y por ello es tan difícil ayudar, consolar o animar a otra persona con palabra de humana sabiduría. Solamente bajo la cobertura de Dios por medio del Espíritu Santo se puede auxiliar a un alma angustiada. Pues, ni el hombre mismo sabe cuàl es su ànimo en determinadas ocasiones, y esto, lo dice la palabra de Dios.
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