"El hijo sabio atiene a la corrección de su padre, pero el insolente no hace caso a la reprensión".
(Proverbios 13:1).
Todo padre amoroso y consciente de su labor de padre, tiene que corregir a su hijo para que cuando èste crezca sea una persona útil a la sociedad y no una carga. Ninguno, salvo ciertas excepciones o indicaciones directas del Espíritu, se pone a corregir al hijo del vecino. No es que no nos importe esa persona, sino simplemente que no nos corresponde a nosotros educarlo. Cada padre debe educar a sus hijos.
Por ello es tan difícil un segundo matrimonio, pues hay conflictos entre a quièn le corresponde educar y quièn educa. Pero la escritura nos muestra que la persona que debe educar es aquella a quièn los hijos miran y honran como autoridad. Cualquier educación con palabras o con ejemplos que se den, es en vano, si la autoridad quiere ser impuesta. Y los hijos deben por sì mismos entender quièn es la autoridad. Hasta Dios es respetuoso de ese principio, es por ello que no obliga a nadie a aceptar a Cristo, eso se hace de propia iniciativa. Pero entender esto último necesita sabiduría no necedad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario