"La corona del anciano son sus nietos; el orgullo de los hijos son sus padres".
(Proverbios 17:6).
Cuando somos jóvenes y miramos a un anciano, pensamos, la vejez està a años luz de mì. Ese es un grave error que uno comete, pues el tiempo pasa muy rápido y cuando uno menos lo siente ya es un anciano màs. La ancianidad es esa etapa de la vida cuando las fuerzas se van acabando; los achaques son màs frecuentes de lo que uno quisiera; y, cuando ya no es uno quien da las òrdenes sino que los hijos empiezan a tomar el mando. Cuando algunos, si no todos, empezamos a creer que el final està cada dìa màs cercano. Todo esto, visto desde el punto de vista humano.
Ahora bien, si lo vemos desde el punto de vista espiritual, Dios nos dice que para esa etapa del ser humano èl ha dejado a los nietos. El abrazo y el beso de un hijo son el motor de uno como padre, y para el que no es así, entonces podemos decir con autoridad que es un muerto que camina. Pero el abrazo y el beso de un nieto son definitivamente para el abuelo o la abuela, el recordatorio que valió la pena vivir todo lo que se ha vivido hasta llegar a ese momento. Dios nos dice que los hijos son el motor de la vida de un ser humano, pero los nietos son la corona de haber vivido esa vida de desgaste en desvelos, en sacrificios y en duros trabajos.
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